lunes, 12 de mayo de 2008

Memoria Celta

Ella recordaba aquel tiempo en el que estaban juntos, hace tanto ya, en las colinas verdes al lado del mar. Los acantilados les dejaban sentir esa brisa salada y fresca cada tarde cuando llegaban a soñar sobre las rocas. Las horas pasaban tranquilas y fáciles, a veces sin palabras, sin contacto, sin miradas, pero juntos en la felicidad de la compañía mutua. Los caballos pastaban tranquilos y a lo lejos escuchaban la melodía rítmica de las olas al llegar a la playa, la fuerza enorme de la tormenta que anunciaba a veces una tempestad o simplemente la caricia del viento sobre los pastos de siete tonos de esperanza.


Ella recordaba que en ese tiempo estaba completa y era poderosa porque esa compañía la complementaba y la hacía fuerte. Creció viendo esos ojos de luz, compartió sus ideas y sueños y siempre buscó la protección de esos brazos que le daban tranquilidad en sus horas de miedo. Se perdió mil veces en sus labios finos y suaves, en su cuerpo moldeado por las horas de travesía en el bosque y en su olor a cedro húmedo por la llovizna de la mañana. Aprendió por sus palabras y silencios el valor de la amistad, por sus besos y caricias el calor de la pasión, y por sus ojos de luz la fuerza de su espíritu.

Ella recordaba todo de una manera extraña, sin imágenes, simplemente con sensaciones, impulsos e intuición; por eso aquellos ojos que reconocía le transmitían paz, esos labios le llamaban a un beso y ese silencio le parecía tan agradable. Ya era lo mismo si salía el sol o se desataba una tormenta, si estaba en un parque lleno de gente o en el salón de la casa, si alguien llamaba a la puerta o no aparecía nadie. Estar allí recordando, juntos nuevamente después de tanta vida, le hacía apreciar sonidos, aromas y sensaciones que hacía mucho dormían en algún lugar de su memoria eterna, le hacía sentirse nuevamente completa y fuerte.

Sólo una cosa le incomodaba un poco… al otro lado de la mesa en silencio… ¿recordaría él?

© Maureen Andrea Addison-Smith Salvo