Ella recordaba aquel tiempo en el que estaban juntos, hace tanto ya, en las colinas verdes al lado del mar. Los acantilados les dejaban sentir esa brisa salada y fresca cada tarde cuando llegaban a soñar sobre las rocas. Las horas pasaban tranquilas y fáciles, a veces sin palabras, sin contacto, sin miradas, pero juntos en la felicidad de la compañía mutua. Los caballos pastaban tranquilos y a lo lejos escuchaban la melodía rítmica de las olas al llegar a la playa, la fuerza enorme de la tormenta que anunciaba a veces una tempestad o simplemente la caricia del viento sobre los pastos de siete tonos de esperanza.